Una Noche en el Seol

Hace unas semanas tuve que acudir al doctor por un problema inflamatorio en los tobillos y pies. En la consulta, el médico decidió tomarme la tensión. El doctor puso cara de preocupación y volvió a tomar la tensión de nuevo.¡Tenía la tensión sistólica en 22’5!, según él, era una barbaridad, un peligro.  Podía haber tenido un infarto fulminante, un ictus o que sé yo. Yo reconozco mi tendencia a no acudir a los médicos, a pesar de haber tenido en otra ocasión un cuadro similar pero mucho menos serio. ¿Cuánto tiempo llevaría teniendo la tensión sistólica en la estratosfera nivel 22’5?  ¿Y cuál es la línea que separa la vida de la muerte no siendo consciente de ello?

Da para pensar…

El doctor después de varios intentos químicos administrados en el mismo ambulatorio, me envió a urgencias del Hospital Costa del Sol en Marbella. Allí, tras 8 horas de tratamientos, no consiguieron bajar la tensión a valores aceptables.

Tensión rebelde, como si me dijera «vengo para quedarme”. Finalmente, deciden mi ingreso en cuidados intensivos, me dan un pijama y quedo monitorizado y lleno de cables.

Fue la primera vez en mi vida que me vi así, aunque yo no me encontraba tan «mal», pero por esta razón a la hipertensión le llaman “el asesino silencioso».

El enemigo hace su trabajo de muerte  mientras uno no siente nada raro. Da mucho que pensar cuando te advierten del peligro, con pijama de la Seguridad Social y lleno de cables en el pecho, en el brazo y una aguja insertada en el otro brazo, es difícil que te digan o  que digas: ¡Buenas noches! Soy una persona muy observadora y me propuse aprender en esa noche, en vela, todo lo que ocurriera en aquel entorno. Comencé a dar gracias a Dios, porque en ese lugar parecía que yo era el que estaba «mejor» comparado con todos los demás desdichados y desdichadas que ocupaban la gran sala.

Todas las camas estaban separadas por cortinas verdes, de manera que nadie podía ver al otro paciente. Pero sí se podían escuchar los lamentos y quejidos de un buen número de ellos, tanto de hombres como de mujeres. Una mujer, cercana a mí, gritaba con dolor y amargura: »¡Mamá! ¿que he hecho yo para merecer este castigo?»  La  enfermera de guardia venía y la mandaba a guardar silencio pero sin resultado. A otro hombre se le escuchaba quejarse con los típicos sonidos del dolor insoportable. Otro mas lejos: «¡Ay, Ay! no puedo más, enfermera! otra pastilla!» Otro decía: »¡Dios mío, Dios mío!»

Todos estos lamentos formaban un coro siniestro de «cantos de lloros y dolores». Yo, como un cristiano conocedor de la Biblia, me venían a la mente diversos textos que encajaban por su similitud con el cuadro que se manifestaba a mi alrededor, como:

2ª de Samuel 22:6  Ligaduras del Seol me rodearon; Tendieron sobre mí lazos de muerte. 

El Seol en hebreo, o Hades en griego, es en la Biblia  un lugar real de tormento donde van los condenados y rebeldes contra Dios cuando mueren.

Salmos 9:17 Los malos serán trasladados al Seol, Todas las gentes que se olvidan de Dios 

Mateo 13:50   y los echarán en el horno de fuego; allí será el lloro y el crujir de dientes

Lucas 16:23  Y en el Hades alzó sus ojos, estando en tormentos, y vio de lejos a Abraham, y a Lázaro en su seno

Los que hemos aceptado a Cristo como nuestro Salvador, no tememos ir a este lugar de tormento eterno. Pero la sala de cuidados intensivos del Costa del Sol, la veía como la antesala del «Seol» (Hades). Allí ya estaba el «lloro y el crujir de dientes».

Supongo, que a esa misma hora, a escasos kilómetros de Marbella, “La Jet Set» estaría disfrutando de sus exquisitas y refinadas fiestas nocturnas; ajenos a la realidad de que ellos no están exentos de añadirse, también en minutos, al «coro del lloro y lamentos», de la antesala del Seol, Hospital Costa del sol.

Allí está la otra cara de Marbella, allí se puede comprobar la otra cara de la «fiesta». Una realidad pura y dura, de  la cual nadie puede decir: yo nunca iré allí.

Pienso que es para reflexionar.

¿No te parece?

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